viernes, 13 de noviembre de 2015

Si me querés, quereme transa By Cristian Alarcón







Cristian Alarcón Casanova (La Unión, Chile, 1970) es un periodista y escritor chileno, residente en Argentina. Autor de obras como : 
Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vidas de pibes chorros Editorial Norma.
Si me querés, quereme transa Editorial Norma.

Si me querés, quereme transa 

*** Ángel llegó a nuestra cita con la pierna enyesada. Caminaba sostenido sobre muletas nuevas. Una sonrisa amplia dejaba ver los dientes blancos y salidos, la boca grande. Nadie le había pegado un tiro, como pensé.Se había fracturado jugando al fútbol , o al menos eso me dijo apenas se acomodó en la silla. Había sido primero marcador en los pasillos de Villa del Señor, después vendedor y, finalmente, sicario del capo. En encuentros a veces fugaces, otros morosos,eternos, Ángel iría traduciendo el territorio hasta hacerlo comprensible. Por momentos jugaba a ser malo, se dedicaba demasiados honores a sí mismo y terminaba por decepcionarme.Por otros, cuando más infantil era su relato , más verosímil se volvía. ´´En la villa tenemos un presidente´´, me dijo. ´´Él me pagó tres mil pesos para que bajara a un paraguayo´´.

Le pedí que me dibujara las cuadras, los pasillos , los sitios en los que mandaban sus jefes. Dió vuelta el individual de papel del bar en el que estábamos y con un marcador dibujó las manzanas nombradas con letras.Las avenidas Bonavena, Galíndez, Monzón y la Calle Sin Apellido. Frente a Villa del Señor , cruzando la avenida Bonavena, el barrio Presidente Perón. En las esquinas de la villa delineó con palitos unos hombres. ´´Esos son los guardias, los cuidadores,dijo.Como para darme un ejemplo sólo dibujó cinco. Luego supe que a esa altura eran unos cincuenta, rotativos, en diferentes líneas de mando, desde los soldados rasos a los ´´familiares´´ : le decían ´´perros´´. En el apogeo del negocio llegarían a ser sesenta.

La madre de Ángel, su padrastro y sus medios hermano viven al sur de Buenos Aires , en Villa Sabaneta. Cuando se fue de Lima, la madre de Ángel le había prometido que volvería a buscarlo cuando las cosas funcionaran en Argentina. Ángel vivió con su abuela, esperando por su madre. La mujer preparaba ceviche y lo vendía en un puesto del mercado, un gigantesco emprendimiento de comidas y venta de baratijas a cielo abierto, casi pegado al mar, en el Callao. Al principio la madre de Ángel llamaba por teléfono a la casa de una vecina cada semana. Pasados dos años las noticias de la madre se hacían esperar cada vez más.

Apenas si recibía un llamado de ella cada tanto. Un día lo llamó para contarle que se había vuelto a casar con un buen hombre, un paraguayo.El tiempo pasaba y , con el transcurrir de los meses, Ángel sintió que el destino lo traicionaba. Él nunca había dudado de la buena voluntad de su madre. Ella se lo había prometido, no podía fallarle. Por eso él mismo debía ir a su encuentro , pensaba. Comenzó a pedirle a su abuela que tomarán, como tantos otros en su barrio,un bus que los llevara, en un viaje de varios días, hasta la soñada Buenos Aires .Cuando su madre partió , Ángel tenía ocho años. Cuando cumplió doce su abuela decidió que lo llevaría a Buenos Aires .Gastó los ahorros que había hecho y compró los pasajes. Emprendieron la travesía por tierra: pasaron por Chile y en cinco días estuvieron en Liniers: Llegaba por fin a vivir con su madre, esa mujer recia pero a veces dulce que , al partir hacía cuatro años, lo había aconsejado: no te dejes convencer por nadie que te ofrezca dinero fácil.




Ángel extraña la vida en Lima. En definitiva, piensa, soñar no estaba mal. Cuando hace memoria lo vence una intensa nostalgia. Ese sentimiento empeora los días nublados, cuando el cielo porteño se parece un poco a la panza de burro de su ciudad natal, a esa manera brumosa con que se oculta el sol ´´allá´´. Es feo, porque a la melancolía le sigue la rabia. Una rabia que lo lleva a odiar y que, por días, le borra la sonrisa ancha. Si,en definitiva no había futuro para él en el Perú. Allá quedaron ciertos juegos, la siesta interminable, los viajes entre la casa de la abuela materna y los abuelos paternos, los padres de su padre, al que apenas llegó a conocer antes de que partiera a España, según le juran. Se subía en el Callao y se bajaba en el correo, donde pasaba el fin de semana en una cosa tomada en que la que vivían ´´ los viejitos´´.

Luego regresaba tranquilo por ese camino tan conocido, sentado al final de la combi, hasta que el cacharro se encontraba con la planicie ocre que se une al mar. Cuando el chofer bordeaba un río contaminado en el que se van a asolear los adictos a la pasta básica, sabía que había llegado a lo de su abuela. Casi toda su infancia creyó que viajar a Buenos Aires y estar con su madre sería la solución a sus pesares. Cuando ella estuviera lista, cuando hubiera ahorrado lo suficiente y preparado una pieza para él en la nueva casa porteña, lo rescataría y él sería el feliz hijo de un nuevo papá, paraguayo, pero padre al fin.

Eso pensaba cuando era un niño. Cuando esta en Lima. Pero a poco de llegar, tuvo que asumir que su abuela era la única que no andaba haciéndole notar la molestia de aguantarlo. Su madre y el paraguayo querían vivir como hasta entonces, con sus hijos en común y nadie más. Ángel ya estaba grande; no se adaptaba a las reglas de la casa, le dijeron. Duró con ellos lo que le llevó dejar la escuela: dos años más. A los pocos días de cumplir catorce, se sintió grande y se fue, quitándoles el saludo, aguantando el llanto porque no quería que el paraguayo pensara que era un maricón. Así, maltrecho, llegó a Villa del Señor,como un chico callado y simpático, sin que nadie le hiciera problema. Sin que él se lo hiciera a nadie. Esa actitud lo puso en un camino que se armó solo, respaldado por un peruano conocido del Callao que lo dejó dormir sobre una frazada , en el piso, los primeros días luego de su huida. ´´Si uno no tiene dramas con el resto, entonces puede ser que lo convoquen como soldado algún día´´, se dijo a sí mismo desde siempre. Puede que si uno tiene el contacto justo, se le reconozca valor para el trabajo, y por fin, le den un puesto entre los muchachos de Chaparro, el capo narco por aquel entonces, como parte de su ejército privado.

Al principio no le quedó mas que raterismo aficionado, el entrenamiento cotidiano con presas fáciles. Le da vergüenza, pero sí, les robó a los bolivianos cuando volvían de la feria, con billetes frescos, le robó la bicicleta a un par de guachitos de los barrios de clase media que colindan con Villa del señor, y hasta en una escuela se metió. En el robo se progresa cuando se consigue un arma, y la consiguió: un 22 corto medio ´´lechucero´´ que todavía atesora como un talismán.

Ser soldado de los transas estaba tan mal visto entre sus amigos ladrones que ante ellos nunca reconoció que quería pasar a ser un perro de Chaparro. Pretendía llegar a gozar de cierta estabilidad, cobrar cada día por sus ocho horas, contar con las prerrogativas de los que integraban la banda: los narcos no pagaban muy bien,decían , pero no dejaba tirado a nadie.

Fue una tarde, si pensarlo demasiado. Vestido con un falso equipo Adidas que había manoteado en el robo a un taller textil clandestino, entró por primera vez a la Canchita de los Peruanos, con la excusa de saludar a un amigo de la infancia que supuestamente para ahí.´´Chaparro estaba sentado sobre silla de camping. El reloj le brillaba. Le menti que iba a tener un hijo y que me volvía loco porque quería trabajar y me tenía que poner las pilas. Me dijo que fuera a la casa y fui al otro día. Entonces, vi, apenas, desde la puerta, las cosas de él. Un lujo´´, exagera; el capo siempre ha sido un hombre discreto en los gastos y costumbres.

Como empleado de la banda comenzó a sentirse mejor parado, más ´´grande´´, aunque se dedicaba a lo más sencillo en la estructura : marcador. En cada esquina estratégica hay uno o dos marcadores que se encargan de avisar con silbidos el ingreso de un extraño. Le pagaban treinta pesos al día más las comidas por vigilar una esquina. Debía soportar la responsabilidad de que nadie se le colara, de que nadie lo fuera a apurar, y era el que acompañaba a los clientes que aparecían por el pasaje San Juan haciendo juego de luces; dos pestañeos y entraban custodiados como los apreciados socios de un negocio rentable. A los marcadores los suceden los vendedores , y éstos se agrupan a su vez bajo el mando de los ´´´Chacales´´ Los chacales son mayoristas autorizados y segundos mandos del capo. Entre todos ellos rige un código que permite el dominio piramidal sin titubeos: a la primera falta de sanción es rapar a cero y afeitar las cejas. Si el muchacho no entendió con la vergüenza de andar con la cara como un mutante, se gana un tiro en una pierna, o en un brazo. El tercer error es el fatal: muere acribillado. Bajo esas leyes inquebrantables funciona el ejercito privado al que Ángel ingresó.

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